Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Su montand catalán (35)

Desde el primer momento en que él cruzó la puerta de su despacho,
su gran parecido con el actor Yves Montand la impresionó. 
No fue hasta cuando empezaron a hablar que su hechizo se manifestó.
Fue escuchar su verbo magnético
rezumando virilidad en cada palabra
y el efecto seductor de su formidable castellano
sobre ese deje catalán,
que simplemente la enamoraron.

Acababa de llegar del viejo mundo
con su imponente porte y su hablar admirablemente hilvanado,
buen ejemplo de esa milenaria cultura que le precedía.

Quizás en este Yves Montand catalán,
con cinco lustros que le llevaba a ella por delante,
podría esconderse la misteriosa razón de su enamoramiento.  

Imaginó junto a él toda una vida rica e intensa
y de fascinante intelectualidad. 
Caminando junto a su Montand,
hallaría el sentido de su vida
y se impregnaría de su saber. 

Ella, admiradora del mito de
Pigmalión y su aplicada Galatea,
intentaría embeberse de la sabiduría
que una mente brillante es capaz de contagiar. 

Estando ella bajo su hechizo,
él advirtió a su enamorada pupila
que suele ser siempre la joven quien sale perdiendo
en este tipo de relaciones.
Ya se lo advertía Sartre a Simone de Beauvoir.

Pasaron los años, entre inviernos y veranos,
entre el Mediterráneo y el Pácifico
y finalmente su amado Montand,
pudo brindarle a ella otros horizontes, otra patria, otra vida y una hija. 

******

Hace apenas unos meses que el reloj de su amado Montand se detuvo
y para ella sonaron los 44 tic-tocs a su lado.

Aún guarda intacta en su recámara
la fascinación que su voz profunda provocaba;
esa voz que hablaba
de aquellas lejanas tierras que le vieron nacer,
por allá lejos en un pequeño pueblo del Ampurdán
de nombre Riu de Llots de la Creu.

Elevando una plegaria (61)

Cuánta desilusión sentimos cuando nuestra oración no es oída.
Aquella fervorosa plegaria que no traspasa umbrales,
implorantes súplicas y ruegos que se desvanecen en la nada.

Se espera lo inesperado en actitud religiosa.
Momentos en que nos haría falta
una pizca de esa fe que mueve montañas.

A pesar de que el paso de los años ha mermado
esa temprana inocencia que nos hacía unir las manitas con devoción,
y con los ojos cerrados esperando ver nuestro sueño cumplido.

Que la fe es pasar de la seguridad de lo visible
a la seguridad de lo invisible, (J.A. Marina),
parece definir la mística que encierra
nuestra zona más abisal del alma.

Algo así como las abejas que liban en lo visible
la miel de lo invisible. (Rilke).

Aunque con los años he comprendido la inmensa satisfacción
de la oración plenamente atendida cuando se hace por el otro,
por un hermano, por nuestro prójimo,
es ahí cuando ocurre el milagro.

No solo lo que se ve, se pesa y se mide
atraviesa los umbrales del universo.

Más sola que la una

Especialmente sola se sentía los días domingo,
en esas horas de letargo en que la gran ciudad engulle a los más solitarios. 

Como a nadie conocía, ni a nadie a quien visitar tenia,
quiso salir a la calle, a tomar el aire.

Caminó por un rato y luego se subió a un autobús circular,
que ofrecía un largo recorrido por unos euros.

Ya cómodamente sentada y oteando aquella urbe monumental a través de la ventanilla,
conseguió finalmente olvidarse de su soledad. 

Aunque eso sí, cada vez que veía la felicidad ajena en alguna pareja,
o bien un grupo de amigos divirtiéndose,
un pellizco de envidia la mordía por dentro.

Un medio día cualquiera, se disponía a acercarse al
súper más cercano para hacerse con su acostumbrada baguette,
y fue entonces que vio aquellos pollos asados
girando en la asadera de un escaparate.
 
Se quedó mirándolos como embobada,
mientras la boca se la hacía agua
y una horrible sensación de vacío ahuecó su estómago.
 
Así fue como ella, pobre inmigrante, supo lo que era
el hambre con las ganas de comer.

Haciendo memoria y volviendo a esa epoca
tan precaria suya en la ciudad de la luz,
supo exactamente cuando comenzó su hábito por hablar sola.
A charlar con ella misma, a sostener largos monólogos:
a veces riéndose, otras llorando, riñéndose o, alabándose.
En fin, le resultaba terapeútico aclarar ideas
rumiadas durante horas en silencio.

Lo que entonces había comenzado como una forma de combatir su soledad,
con el tiempo se convertiría en su peculiar manera de sentirse acompañada. 

Hablar consigo misma la reconfortaba.
Dándole una sensación de familia,
de sentirse arropada por gente querida
y hasta divertido a veces por su inagotable imaginación,
y sorprendentes ocurrencias.

Al día de hoy ella sabe,
que su alma se ha rebelado y
le exige estar en silencio.

Descubre que su voz en alto
es la voz de su mente, de su ego
y no la de su alma.
Todos esos años, ésta impedía que
se oyera a si misma,
a su voz interior, a su consciencia.

Así entendió el sentido del silencio
de toda la humanidad.