Por aquellos días de José María, la vida les ofrendaba tiempo para soñar y tantas alegrías por vivir.
Eran dos almas nacidas a destiempo, otoñal su octubre y primaveral el suyo, separados por cinco lustros y aún sabiendo, que juntos no encontrarían ese final, unieron sus almas a un mismo destino.
La enamoró su andar por la campiña, entre vainas y piñones bajo cedros y algarrobas recogiendo orégano y tomillo, respirando campos de lavanda, amenizado por sus sabias palabras.
Caminando junto a él, dio nombre a cada pájaro y a su canto, y no conoció la tristeza de una mañana.
Cuánta armonía reinaba en él entre la vida de los montes y la sabiduría de sus libros.
Mas apenas ayer, vino su final a encontrarle y de su lado alejarle.
Ya su alma se cuenta entre los hados en ese eterno más allá para todos.
Se fue sin conocer la alegoría de la Encina y el Tilo, que les hubiera unido para siempre entre cedros y algarrobas, campos de lavanda, paraíso para los amantes como ellos nacidos a destiempo.