Asomado a la ventana entorbada la mirada sobre el paisaje de tejados de viejas casas, de gentes que ni conoce, que ni siquiera sabe si todavía viven, o murieron hace ya tiempo.
Puede que solo sea su percepción del ocioso pasar de las horas, que le parecen iguales los martes, jueves o domingos, casi iguales al ayer como al antes de ayer.
Sentía que esa atonía que le aquejaba le venía de fuera hacia adentro, como si sus días se hubiesen vaciado de sentido, y el paso de la vida se hubiera hecho demasiado lento para entusiasmarle.
¿Sería una depresión lo suyo, o una parálisis emocional lisa y llanamente? ¿Y si sus ojos fueran ciegos ante lo que miran? Entonces surge la pregunta: ¿Qué hay del asombro? ¿Cómo cambiar la mirada?
Le preocupaba su desidia, y el languidecer de sus tardes.
Solo sabía que de si mismo dependía salir de ello. Nadie vendría a rescatarle, nadie sabía que se hundía, nadie sabía de su llanto, nadie sabía de su frustración.
¿Pues qué hacer entonces? ¿Cómo recuperar la ilusión del mañana? Recuperar la fe en el mañana, que cada día trae un nuevo sol para todos.
Algo sagrado de lo nuestro se quedó en ese acurrucarme de cada noche en ese espacio que dejaste entre tu y yo.
Ni tu voz que ya no oigo, ni tu mirada que ya no tengo, ni mis brazos abandonados de tu ternura, han conseguido que te olvide.
A la sombra de esos mismos árboles que juntos nos vieron pasar ahora suavemente mecen sus ramas en despedida.
Sigues en mi silencio. no hay viento como navajas ni brisa humeda que turbe mis emociones, ni lágrima caída sin llegar al mar, ni seres de luz ausentes mientras te siga amando así.
Mansa le abraza la noche mimosas las estrellas, se arriman al borde de su cama, la luna le mira de reojo mientras sus sueños se apilan para colarse en su almohada entre esas blandas plumas.
En ese estado de ensueño más cerca del allá que del acá, deslizándose por una rendija de la ventana, su alma sale al espacio abriéndose paso entre los astros.
Se ufana de sus fantasías, mientras la noche poco a poco va evaporándose entre vahos invernales.
Se sienta en un montón de nubes y se pone a narrar sus sueños ella supone que es oída, – supone bien – el cielo escucha a los que están perdidos y le anima a seguir con su monólogo.
Finalmente, le vence el cansancio, se duerme entre algodones y se despierta en su cama con la cabeza hundida entre las blandas plumas de su almohada.
Mansa le abraza la noche mimosas las estrellas, se arriman al borde de su cama, la luna le mira de reojo mientras sus sueños se apilan para colarse en su almohada entre esas blandas plumas.
En ese estado de ensueño más cerca del allá que del acá, deslizándose por una rendija de la ventana, su alma sale al espacio abriéndose paso entre los astros.
Se ufana de sus fantasías, mientras la noche poco a poco va evaporándose entre vahos invernales.
Se sienta en un montón de nubes y se pone a narrar sus sueños ella supone que es oída, – supone bien – el cielo escucha a los que están perdidos y le anima a seguir con su monólogo.
Finalmente, le vence el cansancio, se duerme entre algodones y se despierta en su cama con la cabeza hundida entre las blandas plumas de su almohada.