Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Poco a poco (26)

Poco a poco se acerca
ese poco a poco a mi vida,
sutilmente desdibujado,
ya se vislumbra en la antesala.

A partir de aqui,
ya todo sabe a poco.
Más breves las sobremesas,
alargando los postres
hasta la eternidad.

!Qué paradojas de la vida!
cuánto más tiempo quisiéramos,
este mengua más y más.

Se hace tan lejano
el recuerdo de quiénes éramos,
de aquellos sueños flotando sobre nuestra almohada,
eufórico enamorado despertar,
arrobados por ese amor que creíamos eterno.

Lento e imperceptible,
cae el velo de la noche,
y a través de su trasiego
vemos pasar toda nuestra vida.

El adiós tiene un sabor
que va agrietando los labios,
dulce para quienes abrazan la fe
y tan amargo para los más impios.

Poesía de andar por casa (21)

Vuelve a su rincón de cada mañana
allí donde su fiel amigo el teclado
paciente espera al genio que lleva dentro
y a sus dedos encantados
haciendo clic con las alturas.

De momento reclama un minuto de silencio
para despejar su mollera.

Sin embargo, se lo esta pensando,
si llevar sus pensamientos al cielo
y su cuerpo a la arena,
o, quizás alcanzar la cumbre de aquella montaña
para tocar más de cerca a la poesía.

Tal vez, eche a volar su imaginación
tan alto, tan alto,
llevando su prosa por equipaje
y a cuestas su bagaje.

Esta nostálgica rapsoda suya
se pregunta una y otra vez,
si en su camino se topará algún día con la fama

!Pero qué locas pretensiones las suyas!
¿acaso no saben sus musas
que su poesía es la de andar por casa?

Que su prosa es tan tan modesta
que solo conmueve a las almas más errantes
y solitarias.

Pasos perdidos

Tenía la belleza interior
de quién ha visto a Dios en esta vida.
Así como su estampa de domadora,
todo en ella espigaba hacia las alturas.

Sus ojos siempre miraron más allá
de lo que a simple vista se veía,
insondable era su mirada,
apreciaba más de lo visible para los demás.

Siempre desdeñó lo fácil,
aquello al alcance de su mano.
Criatura de retos, de grandes desafíos,
de cielos sin techo.

Tenía el presentimiento de que no alcanzaría
a despedirse de la luna,
ni al sol de la mañana,
decirle adiós.

Mientras iba repasando
los pasos perdidos de su vida,
algo le decía que se estaba agostando el camino,
y sentía a sus días volar.

Comenzó dando nuevos brios a su andar,
más despierta de lo que iba dejando atrás.
Con sus palabras para recordar
se iría lentamente despidiendo
de la vida que le había tocado andar.

Solo esos pocos que la seguían
se percatarían de su adiós encriptado,
en su retahíla de versos que mes a mes,
semana a semana y día tras día,
hablaban de su extinción.

De tal manera que a su muerte,
ya nadie la echaría en falta.