Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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El roble sin cabeza

Pobre de ese roble sin cabeza de su marido.

Desde hacía algún tiempo, no sabía exactamente cuando él se había hecho viejo.

Aún siendo uno de esos pocos privilegiados que aparentan menos edad de la que tienen, sus noventa octubres se le empezaban a notar, pero aún así conservando siempre su increíble salud de roble.

Paradojas de la vida, su mente siempre fue su fuerte. Así como su inconfundible trato amable y diplomático. Y muy admirado por su asombrosa cultura y bagaje intelectual.

Casi inverosimil resulta hoy recordar sus años de profesión más activos, moviéndose como pez en el agua entre anglosajones.

En cuanto a su mujer, un cuarto de siglo más joven que él, se enamoró de ese hombre de frente ancha y con la voz profunda de Yves Montand.

Lejos estaba su ilusa fantasía de mujer, de llegar a casarse con un gran hombre y de imaginar que su diferencia de edad, resultaría con el paso del tiempo casi incestuosa.

Más tarde, como fruto a la más dispar de las parejas, la vida les premiaría con una hija.

Despacio y casi sin percartarse, él iba olvidando quien era y quien había sido. Mientras ella iba convirtiéndose en su voz y memoria de cada una de sus historias de vida. Haciéndole revivir con sus palabras sus mejores momentos ya olvidados.

Desde hacía algún tiempo, mirarle a los ojo le producía una infinita tristeza. Intentaba comprender que habría dentro de esa nada que él tanto contemplaba.

Casi toda su vida ella creyó que lo peor de llegar a viejo sería llenarse de arrugas, de arrastrar los pies, aquejado de mil males, y ahora, todo eso le parecía irrelevante ante la espantosa idea de verse vaciado de memoria.

Es así como ella llega a la triste conclusión de que una vez que la mente nos abandona, borrando nuestros recuerdos, nuestras vivencias, todo lo que hemos sido en nuestra vida entera, es ahí donde se halla la verdadera tragedia de llegar a viejo, sano como un roble, pero sin cabeza.

Esperas…

¿Quién no ha esperado algo lleno de ilusión alguna vez?
¿Quién no ha esperado un milagro?
¿Quién no ha soñado con estar entre los vencedores?

La vida es un continuo esperar,
esperar y esperar.…
Siempre esperar, con fe o sin ella,
pero siempre con esperanza.

Y hablando de fe, José Antonio Marina hace una buena definicion de ella:
«la fe es pasar de la seguridad de lo visible a la seguridad de lo invisible»

¿Acaso no os parece que lo visible y la certidumbre son primas hermanas?

Si se espera ya bordeando los sesenta,
con mirada pasiva y resignada ante la vida,
aún habiendo esperanza y fe,
lo mismo es tirar el tiempo y la vida por la ventana.

De ahi viene la sabia idea de que si estas triste
o deprimido, que te pille ocupado y trabajando.

Llegados a este punto,
el tiempo libre, sin un duro ni para coger un tren,
sin apenas tener para comer,
entonces acaba la vida de pasarte por encima.

Escorial eterno (191)

Recorrí tus calles
arriba y abajo,
empedrado milenario
sobre faldas sacras
tu regio monasterio.

Murmullo lontano
de oraciones y ruegos
de rodillas suplicantes
entre tus muros duermen.

La brisa temprana
viene de tus bosques
brindando buenos días
a los amantes del andar la vida.

Fueron buenos tiempos aquellos
que por tus calles anduve.

Esos que mis ojos contemplaron
ávidos de esperanza en el porvenir.
Aquellos días cargados de ilusión
en la vida que entonces,
esperaba vivir.

Cada vez que silencio y retiro
clamaba mi alma,
hacia el dédalo encantado
de la Casita del Príncipe
mis pasos se encaminaron.

Fueron tus añosos cedros
mudos testigos de mis pensamientos
que reinaban en mis sueños de grandeza.

Mas hoy,
solo restos del pasado encontraría,
la obsolescencia de las cosas inertes
cada piedra de esas calles
cada recoveco de sus jardines
que en su día pisé,
lo que entonces me llenaba de regocijo
hoy, provocaría mi llanto.