Más sola que la una
Especialmente sola se sentía los días domingo,
en esas horas de letargo en que la gran ciudad engulle a los más solitarios.
Como a nadie conocía, ni a nadie a quien visitar tenia,
quiso salir a la calle, a tomar el aire.
Caminó por un rato y luego se subió a un autobús circular,
que ofrecía un largo recorrido por unos euros.
Ya cómodamente sentada y oteando aquella urbe monumental a través de la ventanilla,
conseguió finalmente olvidarse de su soledad.
Aunque eso sí, cada vez que veía la felicidad ajena en alguna pareja,
o bien un grupo de amigos divirtiéndose,
un pellizco de envidia la mordía por dentro.
Un medio día cualquiera, se disponía a acercarse al
súper más cercano para hacerse con su acostumbrada baguette,
y fue entonces que vio aquellos pollos asados
girando en la asadera de un escaparate.
Se quedó mirándolos como embobada,
mientras la boca se la hacía agua
y una horrible sensación de vacío ahuecó su estómago.
Así fue como ella, pobre inmigrante, supo lo que era
el hambre con las ganas de comer.
Haciendo memoria y volviendo a esa epoca
tan precaria suya en la ciudad de la luz,
supo exactamente cuando comenzó su hábito por hablar sola.
A charlar con ella misma, a sostener largos monólogos:
a veces riéndose, otras llorando, riñéndose o, alabándose.
En fin, le resultaba terapeútico aclarar ideas
rumiadas durante horas en silencio.
Lo que entonces había comenzado como una forma de combatir su soledad,
con el tiempo se convertiría en su peculiar manera de sentirse acompañada.
Hablar consigo misma la reconfortaba.
Dándole una sensación de familia,
de sentirse arropada por gente querida
y hasta divertido a veces por su inagotable imaginación,
y sorprendentes ocurrencias.
Al día de hoy ella sabe,
que su alma se ha rebelado y
le exige estar en silencio.
Descubre que su voz en alto
es la voz de su mente, de su ego
y no la de su alma.
Todos esos años, ésta impedía que
se oyera a si misma,
a su voz interior, a su consciencia.
Así entendió el sentido del silencio
de toda la humanidad.
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