Su montand catalán (35)
Desde el primer momento en que él cruzó la puerta de su despacho,
su gran parecido con el actor Yves Montand la impresionó.
No fue hasta cuando empezaron a hablar que su hechizo se manifestó.
Fue escuchar su verbo magnético
rezumando virilidad en cada palabra
y el efecto seductor de su formidable castellano
sobre ese deje catalán,
que simplemente la enamoraron.
Acababa de llegar del viejo mundo
con su imponente porte y su hablar admirablemente hilvanado,
buen ejemplo de esa milenaria cultura que le precedía.
Quizás en este Yves Montand catalán,
con cinco lustros que le llevaba a ella por delante,
podría esconderse la misteriosa razón de su enamoramiento.
Imaginó junto a él toda una vida rica e intensa
y de fascinante intelectualidad.
Caminando junto a su Montand,
hallaría el sentido de su vida
y se impregnaría de su saber.
Ella, admiradora del mito de
Pigmalión y su aplicada Galatea,
intentaría embeberse de la sabiduría
que una mente brillante es capaz de contagiar.
Estando ella bajo su hechizo,
él advirtió a su enamorada pupila
que suele ser siempre la joven quien sale perdiendo
en este tipo de relaciones.
Ya se lo advertía Sartre a Simone de Beauvoir.
Pasaron los años, entre inviernos y veranos,
entre el Mediterráneo y el Pácifico
y finalmente su amado Montand,
pudo brindarle a ella otros horizontes, otra patria, otra vida y una hija.
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Hace apenas unos meses que el reloj de su amado Montand se detuvo
y para ella sonaron los 44 tic-tocs a su lado.
Aún guarda intacta en su recámara
la fascinación que su voz profunda provocaba;
esa voz que hablaba
de aquellas lejanas tierras que le vieron nacer,
por allá lejos en un pequeño pueblo del Ampurdán
de nombre Riu de Llots de la Creu.
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