Elevando una plegaria (61)

Cuánta desilusión sentimos cuando nuestra oración no es oída.
Aquella fervorosa plegaria que no traspasa umbrales,
implorantes súplicas y ruegos que se desvanecen en la nada.

Se espera lo inesperado en actitud religiosa.
Momentos en que nos haría falta
una pizca de esa fe que mueve montañas.

A pesar de que el paso de los años ha mermado
esa temprana inocencia que nos hacía unir las manitas con devoción,
y con los ojos cerrados esperando ver nuestro sueño cumplido.

Que la fe es pasar de la seguridad de lo visible
a la seguridad de lo invisible, (J.A. Marina),
parece definir la mística que encierra
nuestra zona más abisal del alma.

Algo así como las abejas que liban en lo visible
la miel de lo invisible. (Rilke).

Aunque con los años he comprendido la inmensa satisfacción
de la oración plenamente atendida cuando se hace por el otro,
por un hermano, por nuestro prójimo,
es ahí cuando ocurre el milagro.

No solo lo que se ve, se pesa y se mide
atraviesa los umbrales del universo.

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