Mansa le abraza la noche mimosas las estrellas, se arriman al borde de su cama, la luna le mira de reojo mientras sus sueños se apilan para colarse en su almohada entre esas blandas plumas.
En ese estado de ensueño más cerca del allá que del acá, deslizándose por una rendija de la ventana, su alma sale al espacio abriéndose paso entre los astros.
Se ufana de sus fantasías, mientras la noche poco a poco va evaporándose entre vahos invernales.
Se sienta en un montón de nubes y se pone a narrar sus sueños ella supone que es oída, – supone bien – el cielo escucha a los que están perdidos y le anima a seguir con su monólogo.
Finalmente, le vence el cansancio, se duerme entre algodones y se despierta en su cama con la cabeza hundida entre las blandas plumas de su almohada.
Se duerme la mano que escribe y una sombra avanza por la página, dejando perfumado su trazo.
Sus anhelos más atrevidos la privan, la inhiben. coartan su libertad para relatar todas aquellas fantasias por tanto tiempo suspiradas, en su corazón de adolescente.
Al fin, se libera del pudor la escritora que lleva dentro y pierde la verguenza a revelar ese sueño que, teniendo la edad que tiene, se repite una y otra vez, noche tras noche:
* * * * – Hallábase ella en el gran Palacio de la Luna, alucinantemente iluminado. Es un salón fastuoso que huele a flores en el aire y ella esta etéreamente presente entre sus asistentes. Lleva un vestido vaporoso, largo de color pastel, de volantes y velos que vuelan a su paso. Haciéndola sentir ligera como un hada.
Y de pronto, entre los asistentes, un haz de luz, aparece una figura varonil impresionante, de un porte y apariencia imponentes, propia de un rey – piensa ella.
Y mágicamente todo el salón se ve envuelto por los violines del Valz de la Flores, del Lago de los Cisnes.
Estoy soñando piensa ella y en un rapto de su ser, se siente suavemente rodeada por la cintura, de pronto esta girando y girando arrobada por la música, y la mirada de aquel hombre que la embruja la rodea y la fascina.
Mientras se elevan en el aire sus volantes y su alma, danzantes en su pecho.
En el lapso de un segundo, él la mira fijamente a los ojos, extrañado preguntándose:
¿Y tu, dónde estabas mi bella dama? –
Entonces, el tiempo y la música se detienen, pero dentro de ella el valz sigue sonando. Ella sabe que en algún lugar, en otras épocas de su otra vida, ese palacio, ese salón, ese rey, esos velos flotando fueron reales.
Mucho antes de dejar este mundo, dejaste mi vida. Ya casi apenas compartíamos, a saltitos, ese tiempo fugaz que te quedaba. Cuántas veces desperté junto a tu sombra y tu mirada ida por encima de mi contemplándome sin verme.
Ironías de la vida, tu memoria siempre fue brillante y ahora ella, la gran derrotada, había caído vencida por el implacable paso de los años; precio a pagar imagino por quien bendecido fue con una larga vida. Impúdicamente fue mostrando todas tus flaquezas, toda tu fragilidad.
Apagados los brillos de tu mente, tu cautivante tono de voz y tu gran saber, se los fue llevando el olvido.
Muchas veces lamenté no haber aprovechado más y mejor esa lucidez tuya final. Conocer tus sueños más profundos, aquellos que acariciaste mientras eras inmortal.
Ya nunca olvidaré esa mirada tuya, lejana y misteriosa de los últimos meses, se intuía una revisión de vida.
Algo muy profundo y místico sucedía muy dentro de ti, ya tenías la intuición de aquel que sabe que pronto partirá.
Siempre te imaginé junto a mi hasta el final aunque cinco lustros nos separaran.
Es ahora cuando comprendo tus palabras: mi final no es el tuyo, antes que tu, por ley de vida yo me marcharé.
De joven apenas comprendía, qué me querías decir con eso de ley de vida: leyes que no son de este mundo … supongo.
Y ahora? Sueño, sueño, sueño para ese siempre… contigo.