Valz de las flores

Se duerme la mano que escribe
y una sombra avanza por la página,
dejando perfumado su trazo.
Sus anhelos más atrevidos
la privan, la inhiben.
coartan su libertad para relatar
todas aquellas fantasias por tanto tiempo suspiradas,
en su corazón de adolescente.
Al fin,
se libera del pudor la escritora
que lleva dentro
y pierde la verguenza a revelar ese sueño que,
teniendo la edad que tiene,
se repite una y otra vez,
noche tras noche:
* * * *
– Hallábase ella en el gran Palacio de la Luna,
alucinantemente iluminado. Es un salón fastuoso
que huele a flores en el aire y ella esta etéreamente
presente entre sus asistentes.
Lleva un vestido vaporoso, largo de color pastel,
de volantes y velos que vuelan a su paso.
Haciéndola sentir ligera como un hada.
Y de pronto,
entre los asistentes, un haz de luz,
aparece una figura varonil impresionante,
de un porte y apariencia imponentes,
propia de un rey – piensa ella.
Y mágicamente todo el salón se ve
envuelto por los violines del Valz de la Flores,
del Lago de los Cisnes.
Estoy soñando piensa ella
y en un rapto de su ser,
se siente suavemente rodeada por la cintura,
de pronto esta girando
y girando arrobada por la música,
y la mirada de aquel hombre que la embruja
la rodea y la fascina.
Mientras se elevan en el aire
sus volantes y su alma,
danzantes en su pecho.
En el lapso de un segundo,
él la mira fijamente a los ojos,
extrañado preguntándose:
¿Y tu, dónde estabas mi bella dama? –
Entonces,
el tiempo y la música se detienen,
pero dentro de ella
el valz sigue sonando.
Ella sabe que en algún lugar,
en otras épocas de su otra vida,
ese palacio, ese salón,
ese rey, esos velos flotando
fueron reales.
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