Vikingo vs. cromañón

Que razón tenía mi madre cuando nos decía:
no salgáis ni a la puerta de casa sin estar arregladas.
Ella era de las que pensaba, que en cualquier esquina
podríamos cruzarnos con nuestro príncipe azul.
Su consejo, más que para mi, iba dirigido a mi hermana,
que salía vestida a la calle como se le cantaba.
Le importaba un pimiento el qué dirán,
y no se cambiaba, ni aún sabiendo que se
encontraría con el mismísimo rey.
Ella era la rebelde de la casa,
lo que en realidad odiaba, era pensar en qué ponerse.
Siempre se río de esta absurda idea de nuestra madre
y claro, nunca la tomó en serio.
Esta anécdota, viene a cuento de mi encontronazo
con un bellezón rubio esta mañana.
Me hallaba bajando del coche las bolsas de la compra,
cuando justo salía de la puerta del vecino un auténtico vikingo.
Altísimo, de impactantes ojos azules,
de melena rubia dorada.
Vamos, salido de la gran pantalla seguro.
Me he quedado como un pasmarote, con las dos bolsas,
una en cada mano, sin atinar más que a decir,
un tímido y bajito: buenos días.
Y me pregunté ¿qué hacía Chris Hemsworth (marido de la Pataki)
en casa de mi vecino?
Claramente podría venir a ser su doble.
Luego, más tarde, le volví a ver entrando
en casa del cromañón de mi vecino.
Que por contraste, luce unas largas y horribles rastas,
cogidas todas en un moño aún más horrible,
dándole un aspecto de cavernario.
En cualquier caso, enseguida deduje que eran amigos,
pues se trataban con familiaridad y para mi sorpresa,
el cromañón también hablaba inglés.
Con semejantes visitantes en el vecindario,
aún con más razón saldré de casa como un pincel.
No sea cosa, que me lo vuelva a encontrar a bocajarro.
Dado que me considero una fan del glamour,
antes muerta que sencilla es mi lema.
Y hablando de muerta, sería poético que las Valquirias
recogieran mi alma caida en el campo de batalla
y me llevaran al Valhalla en vaqueros y con tacones,
por favor, que prosaico.

