Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Sueños agridulces

Mientras el aburrimiento alarga mi insomnio,
voy a marear al sueño que tan esquivo me es
noche tras noche.

Por algún extraño misterio
los brazos de Morfeo no me quieren abrazar,
en cambio puedo tirarme las horas
dando vueltas y vueltas,
hundiendo mis emociones
en mi cómplice almohada.

He dado tantos tumbos de mi vida,
amé y desamé a tanta gente preciosa que ya no esta,
mas ahora la penumbra de la noche
dibuja sus amadas siluetas
si cierro mis ojos.

Y aunque éstas no son horas,
el insomnio es masoquista
trayendo a mi memoria
inolvidables momentos que todavía
duelen allí dentro.

Dí tantos pasos en falso
reaccionando con indolencia,
y hoy lo sé,
no debería haber movido
ni un solo dedo,
todo era un alea iacta est.

Pero la mente es libre
de ir y venir,
de dar vueltas y vueltas entre las sabanas
hasta vencerte por cansancio,
irrumpe de pronto el ángel del sueño
que lleva rato susurrándole al alma.

Descubro que el silencio de la noche
no solo rebobina mi pasado,
recordando esos desengaños
de aquellos días enamorados
en los que anduve muy perdida.

Esta noche, como otras
trae un poco más de lo mismo,
de todo aquello que el tiempo se llevó.

De madrugada
y ya harta de la cama y de mi misma,
oyes la vocecilla de una dulce doncella,
que te dice:
¡venga! ahora sé una buena chica,
y vamos a dormir.

Pétalos de vida

La humilde margarita de mi alma
desflorándose está,
tras años despojándose
de cada pétalo de vida que tuvo.

Florecilla cortada a destiempo,
desfallecida en plenitud.

Miro y miro, y vuelvo a mirar,
arrobada entre los pétalos
de nuestra vida en primavera.

La luna prisionera esta,
no quiere dejarte partir
porque sabe que mañana no estarás.

De pétalos huérfana quedará tu poesía,
asilada entre viejos cuadernos
muerta entre el polvo y el olvido.

Ella, mi margarita,
no conoció la tristeza de una mañana,
mas, siempre,
mudo el cielo
la inspiró.

¡Es la hora de tu hermosura,
de perfumar el aire
de otros mundos.

Esos humos (90)

Hacía ya algún tiempo desde que había dejado de fumar,
pero el placer del humo en su boca
no conseguía olvidar.
Y de no ser por el médico que la puso en jaque,
jamás lo habría dejado.

Aunque debía reconocer que dejar de fumar
no había conseguido borrar de sus sentidos,
el supremo deleite de un buen cigarrillo bien aspirado,
como tampoco podía dejar de envidiar
a quienes todavía gozaban de ello.

Como inevitable es cada vez,
que el cine nos lanza la imagen
del guapo de la peli fumando,
tirándonos a la cara su éxtasis
a todos aquellos que hemos dejado de fumarnos la vida.

Muchas veces y en noches especialmente mágicas,
que invitan a un buen pitillo,
sentía esas ganas irrefrenables de echar una bocanada.

Cómo olvidar,
ese humo de sueños aspirado penetrándonos hasta el alma,
una deliciosa mezcla con el aire fresco de la calle,
o de aquel otro,
que te llevas a la boca todavía húmeda después de hacer el amor.

Tras fumarse todos los bosques del mundo,
como decía mi querido amigo José Antonio,
solo nos queda fumar el smog de las calles,
beberse el cafecito a palo seco,
porque de ésos gozados en la cama,
apenas ya recuerdo a qué sabían.

Aunque al día de hoy,
sienta una mayor conexión con quienes como yo,
lo han dejado.

Quizá me equivoque,
pero creo que aquellos que no conocieron el placer del tabaco,
se han perdido uno de los mayores placeres sensoriales
y la sublime sensación de estarse tragando la vida a bocanadas.