Esos humos (90)

Hacía ya algún tiempo desde que había dejado de fumar,
pero el placer del humo en su boca
no conseguía olvidar.
Y de no ser por el médico que la puso en jaque,
jamás lo habría dejado.
Aunque debía reconocer que dejar de fumar
no había conseguido borrar de sus sentidos,
el supremo deleite de un buen cigarrillo bien aspirado,
como tampoco podía dejar de envidiar
a quienes todavía gozaban de ello.
Como inevitable es cada vez,
que el cine nos lanza la imagen
del guapo de la peli fumando,
tirándonos a la cara su éxtasis
a todos aquellos que hemos dejado de fumarnos la vida.
Muchas veces y en noches especialmente mágicas,
que invitan a un buen pitillo,
sentía esas ganas irrefrenables de echar una bocanada.
Cómo olvidar,
ese humo de sueños aspirado penetrándonos hasta el alma,
una deliciosa mezcla con el aire fresco de la calle,
o de aquel otro,
que te llevas a la boca todavía húmeda después de hacer el amor.
Tras fumarse todos los bosques del mundo,
como decía mi querido amigo José Antonio,
solo nos queda fumar el smog de las calles,
beberse el cafecito a palo seco,
porque de ésos gozados en la cama,
apenas ya recuerdo a qué sabían.
Aunque al día de hoy,
sienta una mayor conexión con quienes como yo,
lo han dejado.
Quizá me equivoque,
pero creo que aquellos que no conocieron el placer del tabaco,
se han perdido uno de los mayores placeres sensoriales
y la sublime sensación de estarse tragando la vida a bocanadas.

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