Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Salvados

Dando palos de ciego,
intuyendo por aquí y por allá,
un buen dia descubres
que para hablar con Dios
no hacían falta mediadores
de estrictos dogmas, ni de religiones.

Aleluya, porque acabas de hallar la entrada a la escondida senda
por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.

Mis aires de entusiasmo
contagiarán al descreído
y levantarán a los vencidos
por su falta de fe.

Cuán liberador resulta la venda que cae,
como desprenderse de absurdos apegos.

Se descubre que lo cósmico y el alma
siempre han sido uno.

Y pobre de aquel que asiste al vacío cotidiano
siendo incapaz de elevar la mirada
y ver más allá.

Mientras antes se descubra
el bienestar de hallar a ese ser de luz
dentro de nosotros mismos,
antes alcanzaremos el umbral que se vislumbra.

Porque mientras exista el sanador refugio
de la luz interior y la paz en el silencio,
estaremos salvados.

Cuando ya no vuelva (128)

Me dijiste un día,
todavía lejos de tu partida;
el día que me vaya
espérame solo unos suspiros
y cuando el consuelo llegue a tu corazón,
será señal de que ya no vuelvo.

Momento entonces
para echarte andar,
con el mismo épico entusiasmo
de cuando juntos éramos
frente al camino.

Mas, no te sientas sola,
no lo estás
nunca lo has estado
y nunca lo estarás.

Cada vez que sientas
el calor del sol, la luz de la luna
y de las estrellas
acariciando tu rostro
besándote estaré desde donde esté.

Esos ojos


Como buena observadora y sensible que de niña fue, siempre creyó en aquello que de pequeña le inculcaron; como creer en la omnipresencia de unos ojos que todo lo veían, ven y verán, estuviera ella donde estuviera. 

Le enseñaron a no ignorar esa mirada que la acompañaría durante toda su vida. Aprendió que esos ojos han sido, son y serán por los siglos de los siglos, la única verdad, tan cierta, como que ella un día moriría.

A veces, instintivamente, ella percibía esa mirada presente e imperturbable según el día que tuviera. No obstante, la mayor parte de las veces, ni siquiera la presentía.

Mientras sus andares fueron venturosos y despreocupados, no volvió siquiera a pensar en ello. Mas tarde, con el paso del tiempo, su vida se fue llenando de responsabilidades y haciendo, cada día, un poco más complicada. 

El sufrimiento se presentó un día cualquiera de golpe y sin avisar, se llevó por delante la vida del ser que ella más amaba. Luego, años más tarde, vinieron otras pérdidas que acabarían por entristecer su mirada.

Así fue como la tristeza se anudó en su garganta y  ahí se quedó.  Desde entonces, cada vez que llora y gime de emoción,  piensa en esos ojos que todo lo ven, y algo inasible la hace sentir ese consuelo, como una caricia en el aire, como una mano tendida sobre la suya.  

Todo lo amado muere,
cada vida vivida
es una estrella fugaz.

Si toda la pureza de este mundo
apunta hacia el cielo,
entonces, hay paraíso para todos.