Esos ojos


Como buena observadora y sensible que de niña fue, siempre creyó en aquello que de pequeña le inculcaron; como creer en la omnipresencia de unos ojos que todo lo veían, ven y verán, estuviera ella donde estuviera. 

Le enseñaron a no ignorar esa mirada que la acompañaría durante toda su vida. Aprendió que esos ojos han sido, son y serán por los siglos de los siglos, la única verdad, tan cierta, como que ella un día moriría.

A veces, instintivamente, ella percibía esa mirada presente e imperturbable según el día que tuviera. No obstante, la mayor parte de las veces, ni siquiera la presentía.

Mientras sus andares fueron venturosos y despreocupados, no volvió siquiera a pensar en ello. Mas tarde, con el paso del tiempo, su vida se fue llenando de responsabilidades y haciendo, cada día, un poco más complicada. 

El sufrimiento se presentó un día cualquiera de golpe y sin avisar, se llevó por delante la vida del ser que ella más amaba. Luego, años más tarde, vinieron otras pérdidas que acabarían por entristecer su mirada.

Así fue como la tristeza se anudó en su garganta y  ahí se quedó.  Desde entonces, cada vez que llora y gime de emoción,  piensa en esos ojos que todo lo ven, y algo inasible la hace sentir ese consuelo, como una caricia en el aire, como una mano tendida sobre la suya.  

Todo lo amado muere,
cada vida vivida
es una estrella fugaz.

Si toda la pureza de este mundo
apunta hacia el cielo,
entonces, hay paraíso para todos.

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