Mientras el pasado recupera su voz y me devuelve sombras emocionadas, momentos heroícos que no fueron tal, ausencias arañando el pecho, voy deshilachando el pasado entre miles de recuerdos muertos que el paso del tiempo ha ido matando. Mi pecho que ya debería hospedar la quietud de pronto, se envalentona creyéndose de 20 años. Vuelan alto los recuerdos, los sueños muertos se alejan, sentimientos luchando contra resentimientos. Su poesía solo a ella emociona, solo a ella conmueve. Su verbo estéril suspendido en el aire, herido esta sufriendo entre las nubes, roto sobre una piadosa media luna. El viento sopla alborotando árboles y hojas, arrancando frutos a destiempo, removiendo raíces, aferradas a una tierra que aprieta y aprieta engañando a un tiempo que estrangula. Sin tregua ninguna, la brisa corre y el viento la persigue mientras nosotros vamos engañando al impiadoso tiempo.
Era y fui ayer hermosa era y fuí ayer una tentación era y fui ayer un gran sueño.
De mi se aventará el aliento, de mi se irán mis pensamientos, sin voz dejaré mi alma, ido el rastro de mi mirada, solo esta hilera de versos, pervivirán. Porque dos veces morimos, agónico es el estrago final.
Envejeciendo en la penumbra, llega el primer zarpazo y una fosca noche, la postrera estocada.
Arribaré sin vida y sin nombre, envuelta entre nubes de muselina, arrullada por el susurro, de la amante eternidad.
Entre esas calles desiertas, detrás de ese desvencijado portón y un florido jardín de hortensias, vivía mi abuelita.
Mi visita emocionaba su mirada a esa hora de la tarde, en que el día se agosta y se lleva a esconder la luz, allá lejos donde se pierde la mirada.
Con qué cariño me ofrecía un tecito sentada a mi lado en la mesa, iba yo enhebrando pensamientos, hablándole de mis eternas aventuras alejando así sus esperanzas de verme casada con hijos algún día.
Todavía conservo el recuerdo del sabor a canela de su té, preparado con tanto mimo en su añosa tetera.
Mi sola presencia la regocijaba en esas horas aturdidas de la tarde.
Tenía la pequeñez de una muñeca, y destellos de bondad en su mirada. Trasunto fiel de un ángel que los años le dieron, sus alas de santa.
Dios mío, ¿cómo ha pasado el tiempo desde entonces? no sabría precisarlo, me falla la memoria porque al recordarla siento que nunca se ha ido que siempre ha estado conmigo.
Seguramente son sus alas, las que todavía me acarician cuando me tiembla el alma.