Algo sagrado de lo nuestro se quedó en ese acurrucarme de cada noche en ese espacio que dejaste entre tu y yo.
Ni tu voz que ya no oigo, ni tu mirada que ya no tengo, ni mis brazos abandonados de tu ternura, han conseguido que te olvide.
A la sombra de esos mismos árboles que juntos nos vieron pasar ahora suavemente mecen sus ramas en despedida.
Sigues en mi silencio. no hay viento como navajas ni brisa humeda que turbe mis emociones, ni lágrima caída sin llegar al mar, ni seres de luz ausentes mientras te siga amando así.
Leía hace unos días por ahí, que la presencia de lo invisible es la mirada de lo sagrado.
Aunque el sentido poético de lo sagrado se haya perdido un poco por la falta de fe e incredulidad en los milagros en nuestra era, sigue teniendo un sentido especial para los seres más píos y espirituales.
En esa creencia de lo invisible, hay una intuición de algo que está más allá. Se intuye una presencia de lo impalpable, de lo inescrutable.
Un espacio sensorial, sin voces, de silencio, respirando el aire de las mariposas. Donde solo existen las emociones, las lágrimas, los sentimientos y si Dios existe, ciertamente ahi esta.
Un hombre común de fe escondida, se encuentra con Dios en ese universo místico y percibe su presencia en ese sutil silencio en el aire, palpando el vacío, la nada misma, donde solo hay sitio para su espíritu.
¿De veras hay algo en ese mundo invisible? Son muchos los que han estado ahí, y los que han estado, sienten que este mundo 3D nuestro es del todo irreal, como de cartón piedra.
¿Acaso alguien puede negar los pensamientos? ¿las emociones? ¿la soledad o el silencio?, solo porque estos no se puedan ver, ni tocar, ni medir, ni pesar?
Caminando por la calle distraídamente hace unos días, volvieron a mi memoria esas palabras: < yo te sigo, yo te sigo guapita>
Me las decía mi marido, ya ancianito para mi, siguiendo mis pasos ágiles y más jóvenes, incapaces de seguir mi ritmo y yo, incapaz de adaptarme al suyo.
Nunca nunca, durante todo ese tiempo, que se prolongó por algo más de dos años, entendí con el corazón sus palabras, sus disculpas, por no conseguir alcanzarme.
Hoy, hace unos días atrás, me volvieron sus palabras y de solo recordarlas, me hicieron llorar. Recordé mi insensibilidad. Era yo quien debía aminorar el paso, era yo quien debía unirme a él, era yo quien debía acercarme, era yo quien debía cogerle del brazo y caminar a su lado y no al revés.
Lloré porque no supe comprender, que era él, quien no podía alcanzar mis pasos, lloré porque no entendí cómo él se había sentido.
Hacía tantos años atrás que habíamos comenzado a caminar juntos por la vida, que ni siquiera lo presentí, cuando ese momento llegó, en que él se me hizo viejo y yo demasiado joven para él.
Y tal vez, solo aquel día, en que mi caminar también se haga más lento, si es que llego a ese estadio, será mi hija a quien yo siga y me escuche decirle: < yo te sigo, yo te sigo… >, y solo en ese momento comprenderá lo que entonces yo no comprendí.