Emprendiendo un viaje hacia dentro de sí misma se sumergió en lo más profundo de su ser y ya no volvió a asomar al mundo que conocemos.
Un indescriptible placer la arrulló en sus entrañas donde la soledad y el miedo no existían.
Hacía ya tiempo que se venía alejando de todo lo mundano y cada día mostraba menos y menos interés por cuanto la rodeaba.
Ese entorno desangelado a su alrededor debió llevarla poco a poco a refugiarse dentro de lo más hermoso de su ser envuelta entre los amores que la trajeron a este mundo.
Muy lentamente, de manera casi imperceptible, fue replegándose más y más hacia dentro de si misma hasta convertirse en ese ser profundo y místico que conocemos hoy.
Ayer en el cine, tumbada en una butaca premiun temblando como una hoja durante casi toda la película Un lugar en silencio, echaba de menos a mi lado a esa amiga del alma que tuve.
Necesitaba compartir ese miedo, esos instantes de adrenalina desbordada y de enervante suspenso, sobre todo echaba de menos esa complicidad casi delictiva entre amigas que se lo cuentan todo, siempre.
Confesiones desinhibidas y parloteo sin tapujos, sin prejuicios, ni temor a ser juzgada. Es una relación incomparable con ninguna otra, aunque con tintes infantiles. Es evidente que a medida que perdemos juventud y ganamos madurez y el sentido común va tomando el control de nuestra persona, ya nada parecido a esa unión de almas amigas puede volver a darse con tanta espontaneidad.
Con los años, seguramente haremos más y buenos amigos por el camino, pero nunca se igualarán a esas primeras entrañables y locas de nuestra adolescencia
La misma intensidad con la que se vive todo, cuando nuestra vida apenas empieza, no tiene ningún punto de comparación con cualquier otra cosa que vivamos más tarde.
Es euforia juvenil en estado puro, es una pena qué desapezca tan pronto, cuando apenas llegaba el primer novio en escena.
Asomada a la ventana entornaba la mirada paseando la vista por herrumbrosos tejados entre viejas casas; de precarias construcciones de gentes que ni conocía, que ni siquiera sabía, si todavía vivían en ellas, o habían muerto ya
Sentía que esa atonía que la aquejaba, le sobrevenía de fuera hacia adentro, como si sus días se hubiesen vaciado de contenido.
Desde hacía algunos días la inquietaba el sinsentido, se preguntaba si así sería hasta el final. Y su intensa e increíble historia de vida hasta ahí llegaría sin más.
Tal vez solo fuera, su ociosa percepción del tiempo. Hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, igual que ayer y antes de ayer.
¿Se hallaría vaciada de ilusiones su vida? ¿O era efecto pasajero de su claustro fóbico encierro?
Pasaron semanas, meses sin ventilar ni respirar sus sueños. A lo mejor ella había ya muerto, y ni siquiera se había enterado.
Aunque conciencia tenía de estar matando las horas, perdiendo un tiempo precioso en esa agonía de sus tardes.
Solo sabe que de ella depende, superar ese abismo. Nadie puede rescatarla, ni siquiera ese amor que la rodea.
¿Pues qué hacer entonces? ¿Cómo devolver la ilusión del mañana? La chispa de una primera vez. O, llevar la mirada hacia donde nunca antes nadie miró.
Y qué tal, si la respuesta se hallará en ese pensamiento: «No pretendamos que las cosas cambien sin antes cambiar tu mismo»
Da pereza cambiar. ¿qué cambiar a estas alturas? Hasta para éso necesitas unas gotitas de ilusión.