Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Quién sabe donde

Quisiera describir pero no se cómo,
aquella belleza que se adivina lejos sobre el horizonte. 
Cierro los ojos intentando descubrir que se esconde
detrás de esas montañas,
detrás de ese sol que se va yendo,
quién sabe dónde.

Sería maravilloso
revivir una vez más
nuestros momentos más gloriosos,
y evocar esos lugares sagrados
donde agradecí haberte encontrado. 

Aún sabiendo que los planes del hombre son la risa de los dioses,
hicimos planes de querernos hasta la muerte. 

Tu y yo, nacidos con un cuarto de siglo de diferencia,
estábamos destinados a amarnos a destiempo.
Y sin embargo, nos aferramos el uno al otro,
como la hiedra al muro.

Ahora se lo que entonces no sabía,
lo que nuestros ilusos pasos auguraban,
que juntos no conoceríamos el final. 

Aunque a tu lado, siempre el camino fue algo escarpado,
nunca temí caer. 
Me  levantaría como siempre
de la cuerda floja de nuestros sueños.

Hermoso sería hoy revivir a tu lado,
el mismo épico entusiasmo
que nos mantuvo unidos a lo largo de tantos años.

Todos mis sueños inmortales entonces eran,
ahora se que mientras iba yo viviendo,
ellos iban muriendo.

En este mismo instante,
dejo que mi corazón escriba,
piense y sienta
estos sentimientos míos
que hablarán de mi 
después de mi.

Ya en los médanos de mi conciencia,
sospecho que el final me espera tras ese horizonte,
bien al fondo de ese cielo arrebolado
donde el sol se va yendo,
quién sabe donde.

¿Quién eras?

Cayó su velo que envolvía su boca,
cubriendo represiones, ofensas y desdenes.

Sus pelos deshilachados
eran sus pensamientos.
Como hilos entrelazados enmarcaban su rostro,
lacios trás sus hombros,
en trencitas, bucles y lacitos graciosos.

Bajó su mirada,
como solía hacerlo cuando
el aire quebrado de quejas
herían sus ojos.

Llevaba también su boca cubierta
por un finísimo velo azul cielo,
que ocultaba
toda su tristeza,
evitando que brotara en
río de lágrimas a sus ojos.

Descalzó sus pies,
y acariciendo la arena con sus plantas desnudas
se largó a caminar la playa,
bordeando el mar y su espuma.

La miré por un largo largo rato,
hasta convertirse en un puntito
empañado por la bruma.
Nunca supe si alcanzó el final de la playa
o ésta fue su final.


Fresno divino

¿Habéis oído hablar de la escondida senda
de los pocos sabios que en el mundo han sido?

¿Y de algunos seres excepcionales
cuyo paso es ignorado por el resto de este mundo?

De ahí el misterio del fresno,
del que apenas sabemos nada.

Mucho menos de su leyenda,
como creador del primer hombre
y primera mujer.
Además de sus antepasados ligados al olmo.

Crece cerca de las riberas de los ríos,
y entre las montañas
leñosos testigos de su esplendor.

Y de qué los Vikingos los reconocían
como pilares de sus nueve mundos en el Valhalla.

A la sombra de este portentoso prodigio,
vengo y lo descubro en su sosegado ocaso
entre azarosas primaveras.

Fieles todas las fuerzas estelares
reverberan su magnificencia.

Longevo y fuerte,
resiste a décadas de torridez,
e implacables plagas.
Capaz de dejarse doblar
docilmente por las tempestades
sin quebrarse jamás.

Hallándome bajo las copas de su majestuosidad
llegan hasta mi legendarias hazañas
de las naves hechas de su noble madera:
combadas por su flexibilidad
y milagrosamente impermeables,
salvando tantas vidas de la muerte.

Y de talismanes esculpidos
con su ilustre madera
protegiendo en los mares a sus portadores.

Ni que decir del poder curativo de sus hojas,
contra increíbles males.

Porque sépase que el gran Fresno
es el único ejemplar
encargado de conservar
la vida y el equilibrio,
con la suficiente flexibilidad,
para que ninguna adversidad
de este mundo,
lo quiebre, mientras exista,
en tiempos de Dios.