Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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¿Fantasmas?

Hace unos días descubrí que Gabriel García Marquez escribía que «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla» y también me he informado que este Premio Nobel es uno de los máximos representantes del realismo mágico. Obras donde se encuentra un contenido con elementos fantásticos o mágicos que son percibidos como reales por sus personajes.

Este inciso viene a cuento de la historia que  a continuación voy a contarles: Jorge, uno de mis queridos familiares me contó que la otra noche mientras dormía, se despertó de repente y al abrir los ojos vio al lado de su cama a una persona de pie, mirándole, cubierta como por una manta y que por la misma oscuridad no consiguió ver si era un hombre o una mujer. La imagen permaneció así quieta mientras mi amigo estaba paralizado. Pasados unos segundos de estupor, escuchó a su perro ladrar y cuando quiso levantarse de la cama, la figura se desvaneció al instante. Todavía algo aturdido y conteniendo la respiración, se lanzó escaleras abajo, descalzo y apenas cubierto por una camiseta, a pesar de la oscuridad, enseguida vio que la puerta de casa estaba abierta de par en par y fue entonces que sintió un extraño frío que le recorría todo el cuerpo, soplaba fuerte el viento y agitaba las ramas de los árboles con fuerza. Cuando su perro se le acercó dejó de ladrar, pero él todavía temblaba de escalofrío sin poderlo evitar.

De no ser porque conozco a Jorge y se que él no es hombre fantasioso ni sugestionable, he creído real su historia y os la cuento para conocer vuestra opinión: ¿Sería algún tipo de aparición? ¿Algún aviso premonitorio? O simplemente, fue parte de un sueño.

A patricia

De espíritu indomable /fiel a su verdad/ despertando adoración/ allá adonde va.De la mano siempre, de la honestidad/ sangre celeste/ sangre de raza/ corre por tus venas.

Se distingue entre todas/ sin lugar a dudas/ hasta mujer bandera/ la llamaron algunas.

A cada paso, deja su estela/ sin mirar atrás/ día a día/ pasando página/ y con suerte olvidando/ al ángel negro/ que en su día/ su inocencia mató.

Hoy, aunque algo opaca su mirada/ aún irradia luz.

Tal vez su exquisita presencia/ nos la arrebate/ un aire sutil/ algún día.

El roble sin cabeza

Pobre de ese roble sin cabeza de su marido.

Desde hacía algún tiempo, no sabía exactamente cuando él se había hecho viejo.

Aún siendo uno de esos pocos privilegiados que aparentan menos edad de la que tienen, sus noventa octubres se le empezaban a notar, pero aún así conservando siempre su increíble salud de roble.

Paradojas de la vida, su mente siempre fue su fuerte. Así como su inconfundible trato amable y diplomático. Y muy admirado por su asombrosa cultura y bagaje intelectual.

Casi inverosimil resulta hoy recordar sus años de profesión más activos, moviéndose como pez en el agua entre anglosajones.

En cuanto a su mujer, un cuarto de siglo más joven que él, se enamoró de ese hombre de frente ancha y con la voz profunda de Yves Montand.

Lejos estaba su ilusa fantasía de mujer, de llegar a casarse con un gran hombre y de imaginar que su diferencia de edad, resultaría con el paso del tiempo casi incestuosa.

Más tarde, como fruto a la más dispar de las parejas, la vida les premiaría con una hija.

Despacio y casi sin percartarse, él iba olvidando quien era y quien había sido. Mientras ella iba convirtiéndose en su voz y memoria de cada una de sus historias de vida. Haciéndole revivir con sus palabras sus mejores momentos ya olvidados.

Desde hacía algún tiempo, mirarle a los ojo le producía una infinita tristeza. Intentaba comprender que habría dentro de esa nada que él tanto contemplaba.

Casi toda su vida ella creyó que lo peor de llegar a viejo sería llenarse de arrugas, de arrastrar los pies, aquejado de mil males, y ahora, todo eso le parecía irrelevante ante la espantosa idea de verse vaciado de memoria.

Es así como ella llega a la triste conclusión de que una vez que la mente nos abandona, borrando nuestros recuerdos, nuestras vivencias, todo lo que hemos sido en nuestra vida entera, es ahí donde se halla la verdadera tragedia de llegar a viejo, sano como un roble, pero sin cabeza.