Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Futuro de una anacoreta

Casi tocándose las soledades,
tan semejantes en la distancia,
la tuya entre cuatro paredes
y la mía, en un cuarto con vistas,
vistas a mi intemperie.

Está callada la noche… y yo,
sumergida en mi encierro habitual.
Algunas penas nunca se van,
se enquistan por dentro.

¿Por qué solo la tristeza da sentido a mi vida?
¿Será verdad que la alegría
es solo para los soñadores?

Busco en el silencio,
en esa quietud tan parecida al olvido,
las razones de mi soledad
a este desdén del destino.

¿Cuántos años llevo encaramada,
oteando el futuro con mirada pedigueña
añorando tantas fantasías?

Quisiste ser parte de este mundo,
pero de largo se pasó
y en ti no se fijó.

Tal vez tu biografía de anacoreta
no calificaba.

¿Cuántos esfuerzos inútiles
por ser parte de un mundo al revés?

Siempre en la cuerda floja
bailando entre lo precario a la plegaria.

Mas hoy,
la anacoreta que eres,
caminará sobre el sembrado de aquellos grandes
que bien cosecharon antes que tu.

La luz dormida

Muy pocos saben que en noches estrelladas de luna,
haces de luz se cuelan a través de balcones y ventanas
arropándonos mientras dormimos
con su luminosa presencia,
ensortijándose entre nuestros cabellos,
acariciando nuestro cuello
y descansando sobre nuestro pecho…

Cómplice de su hechizo,
el oscuro silencio de la noche
vela nuestro sueño hasta el Sol de la mañana.

Por la mañana, nos levantamos,
ignorantes de la magia
que nuestro pecho acunó durante la noche.

Más tarde, a las horas,
nuestra consciencia nos avisa de lo inusual:
algo interior nos hace sentir especiales,
ligeros, inspirados, creativos…
sin ninguna razón especial para ello.

Hasta que de pronto, en algún momento del día,
hacemos algo muy muy bien, extraordinario
y solo entonces comprendemos,
de donde provino esa perfección,
inspiración divina podemos llamarla.







Los heraldos negros

En esa era tornasol de su vida
rezumando poesía hasta por los poros
mientras la torridez abrasaba
casi todas las horas del día,
se le aparece ahora
cuando el sol aturde sus tardes de ocio.

Trae a su memoria
esa época obcecada por destacar,
cogiendo distancia del montón,
de tantos ideales capturados
en sus cerrados cuadernos.

Mas, su caligrafía no desmayaba,
escribía y escribía
sin caer en el desanimo,
haciendo caso omiso
al tedio oprimiendo su pecho
ante la indiferencia del universo.

Espantando los espantapájaros
que emborronaban su desvaída poesía
cogió un pincel y puso color
a sus emociones.

Hallábase un día,
distraída,
asomándose al arte
robándole espacio a esos pocos,
en que lo suyo es de verdad,
justo antes de escorar su alma a la deriva
del desaliento.

Visitando hoy esa zona
felizmente reservada
para esos pocos amantes del pincel,
emerge la poesía de la acuarela.

Y todo comienza
con aquella zigzagueante mariposa
que se posó en su hombro aquella tarde,
despertando la prosa de su larga siesta,
alejando a los heraldos negros
de sus aturdidas tardes de ocio.