Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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La escondida senda

Pareciera que hacía tanto tiempo
desde que había comenzado a adentrarse
en el espeso bosque de la vejez
y estaba en aquella fase en que todo se sentía extraño,
oscuro y desangelado.

Y aunque sabido es que este viaje se ha de emprender en soledad,
él no dejaba de clamar compañía.

Poco a poco y a medida que avanzaba,
iba descubriendo nuevos escenarios,
nuevos temores salían a su encuentro,
nuevas limitaciones cortaban su paso.
Enfrentándose cada día a un nuevo desafío,
y preguntándose siempre si así sería,
o no, su postrero tramo final.

Hoy, prisionero su corazón de tantos sentimientos encontrados,
a medida que se internaba más y más en la espesura de su vejez
se iba sorprendiendo a si mismo de su lúcida
aceptación ante lo irreversible.

Su instinto ya le decía que una vez llegado
a esa edad, casi todas sus posesiones
le serían indiferentes
y que nunca más volvería a ver la vida
de la misma manera.

Puesto que, tanto la óptica
como el alma de aquel que envejece,
deja de ser lo que es hasta ese momento –
apartándose de lo insustancial para siempre -.

En ese encaminarse hacia la escondida senda
y sin él pretender ser uno de esos pocos sabios
que en el mundo han sido…
buscó a través de la intuición,
adivinar, presentir, avistar la senda
que le llevara hasta alcanzar el mejor
final de fiesta del resto de su vida.

Y a partir de aquí y desde ahora,
se preparaba para sobrellevar su vejez,
en ese mundo unico y todavía por nadie descrito,
que solo los ojos de un anciano pueden llegar a ver.

«Una vida no es, por más que se diga, una línea recta, sino más bien tres líneas sinuosas, perdidas hasta el infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que uno ha sido, lo que uno ha creído ser, lo que ha querido ser y lo que fue»

Fdo. García de Cortazar

Pasos perdidos

Tenía la belleza interior
de quién ha visto a Dios en esta vida.
Así como su estampa de domadora,
todo en ella espigaba hacia las alturas.

Sus ojos siempre miraron más allá
de lo que a simple vista se veía,
insondable era su mirada,
apreciaba más de lo visible para los demás.

Siempre desdeñó lo fácil,
aquello al alcance de su mano.
Criatura de retos, de grandes desafíos,
de cielos sin techo.

Tenía el presentimiento de que no alcanzaría
a despedirse de la luna,
ni al sol de la mañana,
decirle adiós.

Mientras iba repasando
los pasos perdidos de su vida,
algo le decía que se estaba agostando el camino,
y sentía a sus días volar.

Comenzó dando nuevos brios a su andar,
más despierta de lo que iba dejando atrás.
Con sus palabras para recordar
se iría lentamente despidiendo
de la vida que le había tocado andar.

Solo esos pocos que la seguían
se percatarían de su adiós encriptado,
en su retahíla de versos que mes a mes,
semana a semana y día tras día,
hablaban de su extinción.

De tal manera que a su muerte,
ya nadie la echaría en falta.

Último tremor (100)


Descuelga la tarde toda su pesadez
sobre el frondoso verde del bosque
soprendiendo con algo de frescor.

Mas el otoño que se acerca
hace temblar a la sucumbida hoja seca,
junto a otra que a su lado yace
y de pronto,
sin viento ni brisa ninguna
temblando esta el arce madre.
que las vió caer.

Conmueve el tremor del arce que muere
agostando su saga.

En el aire
vuelan los estorninos,
en solemne cortejo,
acariciando con sus alas
a las inermes hojas en su languidez.

Que fácil parecía caer y morir,
mas el anciano arce erguido aún permanecía,
resistiéndose sus filigranas de savia,
aún aferradas a sus raíces
elongando su agonía.

Se acerca una nube pasajera
dejando caer sus lagrimones,
mientras el arce moribundo mece sus ramas
en un suave y último soplo de vida.