Los ojos del mundo en ella se fijaron, cuando tiempo y tregua su vejez retrasaron.
Afortunada era de continuar la vida como si tal cosa, mientras el tiempo doblaba la esquina y se pasaba de largo.
Y más favores de las alturas, su fresca memoria encapsulada a buen recaudo entre ovillos de neuronas se conservaba.
Casi seguro, que obra de la Providencia era esta silenciosa abnegación.
Supuso entonces que otra existencia era posible, rehacería su vida sin saber muy bien cómo, pero de vuelta estaba la ilusión, de su aguerrido espíritu que la impulsaba a seguir; con más fuerza que antes volvieron sus ansias pasadas de comerse el mundo a cachitos
Se lanzaría a recorrer las estrellas grandes, pequeñas y también las invisibles y no pararía hasta caer hincada de bruces ante la luz.
Mansa le abraza la noche mimosas las estrellas, se arriman al borde de su cama, la luna le mira de reojo mientras sus sueños se apilan para colarse en su almohada entre esas blandas plumas.
En ese estado de ensueño más cerca del allá que del acá, deslizándose por una rendija de la ventana, su alma sale al espacio abriéndose paso entre los astros.
Se ufana de sus fantasías, mientras la noche poco a poco va evaporándose entre vahos invernales.
Se sienta en un montón de nubes y se pone a narrar sus sueños ella supone que es oída, – supone bien – el cielo escucha a los que están perdidos y le anima a seguir con su monólogo.
Finalmente, le vence el cansancio, se duerme entre algodones y se despierta en su cama con la cabeza hundida entre las blandas plumas de su almohada.
Aquella poderosa energía celeste siguióle con los ojos en silencio y lloró al entrar en sus pensamientos.
De espaldas la vida sus sueños traicionó y frente a su realidad de rodillas la postró.
La fría brisa hería su mirada mientras las horas se resbalaban, pudo oír al tiempo pasar llevándose tan tan lejos sus ganas de triunfar, imposibles ya de alcanzar.
Como una tregua melancólica el sol desde lo más alto templó poco a poco su corazón hasta apaciguar el temblor de su desmorir.
Se quedó mirando fijo al cielo por un laaargo rato, como si ese azul pudiese obrar el milagro de volver a la vida todo ese amor atesorado en el alma, único equipaje para la próxima vida.
¿Qué hacer ahora con todo ese amor que sobra, que se nos queda en el regazo?
Vamos dejando miguitas de vida por el camino: vamos desmuriendo de a poquito.