Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Tiempo y tregua (135)


Los ojos del mundo
en ella se fijaron,
cuando tiempo y tregua
su vejez retrasaron.

Afortunada era
de continuar la vida como si tal cosa,
mientras el tiempo doblaba la esquina
y se pasaba de largo.

Y más favores de las alturas,
su fresca memoria encapsulada
a buen recaudo entre ovillos de neuronas
se conservaba.

Casi seguro,
que obra de la Providencia era
esta silenciosa abnegación.

Supuso entonces que otra existencia era posible,
rehacería su vida sin saber muy bien cómo,
pero de vuelta estaba la ilusión,
de su aguerrido espíritu
que la impulsaba a seguir;
con más fuerza que antes
volvieron sus ansias pasadas
de comerse el mundo a cachitos

Se lanzaría a recorrer las estrellas
grandes, pequeñas y también las invisibles
y no pararía hasta caer hincada de bruces
ante la luz.

Vuelo nocturno

Mansa le abraza la noche
mimosas las estrellas,
se arriman al borde de su cama,
la luna le mira de reojo
mientras sus sueños se apilan
para colarse en su almohada
entre esas blandas plumas.

En ese estado de ensueño
más cerca del allá que del acá,
deslizándose por una rendija de la ventana,
su alma sale al espacio
abriéndose paso entre los astros.

Se ufana de sus fantasías,
mientras la noche poco a poco
va evaporándose entre vahos invernales.

Se sienta en un montón de nubes
y se pone a narrar sus sueños
ella supone que es oída,
– supone bien –
el cielo escucha a los que están perdidos
y le anima a seguir con su monólogo.

Finalmente, le vence el cansancio,
se duerme entre algodones
y se despierta en su cama
con la cabeza hundida
entre las blandas plumas de su almohada.

Desmorir (96)

Aquella poderosa energía celeste
siguióle con los ojos en silencio
y lloró al entrar en sus pensamientos.

De espaldas la vida
sus sueños traicionó
y frente a su realidad
de rodillas la postró.

La fría brisa hería su mirada
mientras las horas se resbalaban,
pudo oír al tiempo pasar
llevándose tan tan lejos
sus ganas de triunfar,
imposibles ya de alcanzar.

Como una tregua melancólica
el sol desde lo más alto
templó poco a poco su corazón
hasta apaciguar el temblor de su desmorir.

Se quedó mirando fijo al cielo
por un laaargo rato,
como si ese azul pudiese obrar el milagro
de volver a la vida
todo ese amor atesorado en el alma,
único equipaje para la próxima vida.

¿Qué hacer ahora con todo
ese amor que sobra,
que se nos queda en el regazo?

Vamos dejando miguitas de vida
por el camino:
vamos desmuriendo de a poquito.