Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Rendido corazón (33)

Cuando supo que Dios y poesía eran una misma cosa,
fue lo mismo que hallar la inmortalidad en su camino
y ya nunca más la muerte le preocuparía.

Liberaba toda esa energía que bullía por dentro,
desde entonces no había dejado ni un solo día de escribir.

Una noche descansando del cansancio de un largo día de escritura,
y sintiéndose cálidamente arropada entre suaves nubes de algodón,
vino el dulce sueño a cerrar sus ojos hasta dormirla profundamente.

Sumida como estaba entre la finitud y lo eterno,
 su respiración se fue haciendo cada vez más pausada,
cada vez más breve y cada vez más lenta.

Se hizo tan pausada, tan breve y tan lenta
que ni siquiera se dio cuenta de que se moría.

Al disiparse la noche y llegar la mañana, ella no despertó,
la luz de ese nuevo día, ella ya no vio.

Su rendido corazón, se hallaba ya latiendo en lo más alto del celeste universo,
en el edén de los poetas,
el último lar de las almas intérpretes de los dioses.

Ella, la soledad

Anoche un angel me sopló al oído
que la Soledad me esta rondando
porque esta buscando compañía,
de sola la pobre ya no puede más.

Arrimarse con urgencia necesita
a un alma solitaria que la acune.

Entumecida va la Soledad,
en busca de un alma amiga,
dando tumbos por ahí …
pena da verla a la pobrecilla
vagando así tan perdida.

Muchos son los que la temen
y es que casi nunca llega sola,
el abandono viene con ella.

¡Qué más quisiéramos!
que de paso vinieras,
pero no,
casi siempre vienes para quedarte
y encima, te pegas
como la hiedra al muro.

Muchas veces,
no sabemos lo que es el abismo
hasta que tu llegas.
Estragas el alma
de quienes te padecen.

Un buen día te marchas
respiramos con alivio,
algo bonito nos ha sucedido
alguien ha llegado a querernos,
vino el amor al rescate
y entonces de ti nos liberamos.

Pero tu, que no sabes vivir sola,
allá vas otra vez,
sales en busca de otra víctima
que este más sola que la una.

Me das mucha pena Soledad,
pero espero que esta vez tengas más suerte
y encuentres un alma que te prefiera,
que llegue a desear tu compañía.

Si nadie lo ve

Un hombre se desploma al morir,
los árboles se retuercen, se escoran a la deriva,
para morir de pie.

Levantaron vuelo cientos de aves y palomas
abandonando a la agónica encina
en lo más profundo del bosque,
acababa de morir erguida sin caer,
y envuelta por un silencio devocional.

La brisa y el viento se unieron abrazados,
y a su vez, se esparcia por el aire,
la perfumada estela de la flor de la encina.

Se sumaba, también al homenaje,
la bruma que habiendo descendido de los cielos,
cubría de velo verde
la copa de la fallecida encima.

Los ciclos de vida y muerte
de la naturaleza,
poco o nada tienen que ver
con los duelos humanos.

Bajo la corteza de la tierra,
en las honduras de todo éso,
las raíces, los hongos, semillas y vainas,
al compás natural de las cosas,
sigue su propio quehacer.

¡Pena de aquel petirrojo trinando y trinando!
gorjeos de adiós a la encina,
en medio de ese devocional silencio.

Si nadie lo vió,
si nadie lo oyó,
nunca pasó.