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para recordar

Roxane Bravo Rivera

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Las dos hermanas (37)

Llegó la mañana, despuntó la luz y no la encontró.  
¿Acaso se habría marchado otra vez?
No sería de extrañar, ella acostumbraba a viajar,
iba y volvía, una y otra vez.
No conseguía quedarse por mucho tiempo,
necesitaba regresar, regresar allá lejos,
a ese viejo mundo al que pertenecía por adopción.

Eran dos hermanas, muy unidas
mientras compartieron sueños y romances propios de juventud.
A esa edad en que las hormonas cambian y separan caminos,
a ellas tambien les apartó.

 La menor, eligió seguir la senda tradicional, la del primer amor,
vestida de blanco, altiva hacia el altar, con sus dorados cabellos,
enmarañados de sueños inimaginables para el resto de los mortales.

Mientras que la mayor, se fue a volar lejos, tan lejos se marchó,
 que hasta su propia lengua dejó de hablar.

Y así fue como las dos hermanas hicieron sus vidas por separado
en distintos atlas, compartiendo mil mundos dentro del mismo universo.

Se reencontraban,
cada vez que la eterna viajera bajaba las escaleras del avión,
cargando amor y regalos,
y un sin fin de fiestas y festejos en su honor comenzaban,
dejando una fastuosa estela de confetti a su partida.

Durante su visita las hermanas ponían sus vidas al dia,
se empalagaban de cariño para todo el año.
Mas siempre la hora de separarse llegaba
y siempre en otro avión, la mayor volando se marchaba.

Mas el tiempo pasó y los años también
ambas ya peinando canas,
aunque había que reconocerles su
especial estilo y elegancias intanto.
Como curiosa coincidencia del destino,
las dos ya eran viudas y pensionadas.

Paradojicamente la historia de estas dos hermanas,
que comenzaron sus vidas jugando juntas
a las casitas y a las muñecas,
juntas emprenderían esta, por unica vez,
muy probablemente su único y último viaje juntas,
a Italia.

Tomadas del brazo derrocharían alegría,
disfrutarían mil sabores
añorados por sus paladares,
gozarían sus oídos con las
alegres cantinelas italianas,
fotografiadas hasta la saciedad,
destilando gozo, sorpresa.
Nostalgia por los que ya no están… en fin,
algo para nunca olvidar.

Ahora, hagamos un brindis,
¡salud! y hasta el otro lado.

Escorial eterno (191)

Recorrí tus calles
arriba y abajo,
empedrado milenario
sobre faldas sacras
tu regio monasterio.

Murmullo lontano
de oraciones y ruegos
de rodillas suplicantes
entre tus muros duermen.

La brisa temprana
viene de tus bosques
brindando buenos días
a los amantes del andar la vida.

Fueron buenos tiempos aquellos
que por tus calles anduve.

Esos que mis ojos contemplaron
ávidos de esperanza en el porvenir.
Aquellos días cargados de ilusión
en la vida que entonces,
esperaba vivir.

Cada vez que silencio y retiro
clamaba mi alma,
hacia el dédalo encantado
de la Casita del Príncipe
mis pasos se encaminaron.

Fueron tus añosos cedros
mudos testigos de mis pensamientos
que reinaban en mis sueños de grandeza.

Mas hoy,
solo restos del pasado encontraría,
la obsolescencia de las cosas inertes
cada piedra de esas calles
cada recoveco de sus jardines
que en su día pisé,
lo que entonces me llenaba de regocijo
hoy, provocaría mi llanto.