Pasando la vida (109)

Roxane Bravo Rivera


¿Adónde va nuestra luz cuando la vida nos deja?
¿adónde ese vislumbre antes de partir?
¿adonde ese último destello del alma?
¿Adónde los que vivieron antes que nosotros?
¿Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?
Solo unos pocos conocen el camino de vuelta.
Adonde va a parar todo lo vivido, pensado y sido.
Solo unos pocos saben de
ese universo latente,
donde finalmente emigra
todo lo vivido, pensado y sido.
Ante ese postrero paso
hacia ese dónde algunos saben,
por pequeños o grandes que hayamos sido,
esperándonos esta
ese lugar ajardinado, luminoso.
Antesala,
de nuestros nunca olvidados,
seres queridos.
Embrujo a distancia:
aquí, nublado, llueve que te llueve, y al otro,
toldos, tumbonas y playas, venga sudar y sudar
así vivo yo.
a 11 mil kilómetros del epicentro
de mi ser.
¿Se puede estar en un lugar
y a la vez vivir en otro?
¿Qué locura es ésa?
Dicho de otra manera:
Estar físicamente en un lugar,
pero mental y espiritualmente vivir en otro.
Eso precisamente me ocurre a mi.
¿Quien no ha intentado alguna vez,
desconectarse en un momento dado de estrés
y agobiantes niveles de saturación?
¿Qué pasa si esa desconexión se prolonga en el tiempo
y deja de ser temporal?
Entiendo ésto como una evasión.
De lleno con la psicología nos hemos topado.
Desconociendo el argumento de un psicólogo
y buscando una explicación razonable,
intentaré no perderme en el jardín.
Para mí, esta actitud, en la práctica,
es un problema de no aceptación,
o sea, negación de la realidad.
Una táctica de escape de la mente
cuando algo no nos gusta
y no podemos cambiarlo.
Quizás sea tan simple como eso,
o bien algo mucho más complejo.
En cualquier caso,
no creo haber despejado la X
con este argumento.
Personalmente, para no entrar en conflicto
con mi presente,
prefiero algo paliativo.
A modo de profilaxis mental,
uso mi imaginación para estar en un sitio
pero siendo feliz en otro.
Así vivo mi exilio espiritual,
a 11 mil kilómetros de distancia.