Palabras

para recordar

Roxane Bravo Rivera

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¿Dónde se fue quien fui?

¿Dónde se fue el genio que ponía palabras a tus pensamientos?
¿Dónde emigró el revoloteo de mariposas… esa penetrante mirada
hacia la danza de las nubes?

No hay duda, ha cambiado la mirada del explorador.
¿Por qué? Porque es ley de vida.
¿A pesar de las mismas flores y el mismo jardín?
Si, porque ese plateado que mes a mes
cubres maravillosamente con tintes,
habla del paso del tiempo.

¿Cómo? ¿Acaso ahora eres más sabio? ¿Más lúcido?
O es que el amor conmensurable en tu vida
rebasó ya los límites de toda medida humana?

¿Cómo puedes estar seguro de no pasar nada por alto,
tu mirada puede equivocarse, juzgar sesgadamente?
¿Acaso se puede siempre tener la absoluta certeza
de juzgar lo que vemos libre de todo prejuicio?

Miradas que lo decían todo y nada a la vez. Miradas que dejaban
entrever mañanas esplendorosas.

O miradas que vaticinaban los tropezones
por venir, los golpes y lágrimas
cada año más ácidas, y más saladas.

Miradas serias, graves. Ausentes de sonrisas, de alegrías,
que aunque las hubo, fueron imperceptibles, cual chispazos.

Atrás en el tiempo se quedó esa brisa fresca de mar que
golpeaba tus sentidos, para despertarte y decirte, estas
vivo, respira, intenta ser tontamente feliz.

Cuando todo lo que te rodeaba tendía a lo frívolo:
cuerpos bronceándose, carcajadas escandalosas,
frescas burbujas a borbotones, descalzo pisando arenas doradas…
Mientras exhibías esos aires de libertad con arrogancia,
hazte ahora perdonar por todo aquello
que te ha sido concedido cual bendición
caída de los cielos.

Alea iacta est

Frente al mar alejada del mundo y olvidada por el tiempo, navegaba sumergida su mirada en profundos mares llenos de recuerdos.

Olvidando su ahora, su hoy, rememorando pasajes de gloria, triunfos anónimos, evocando hermosas palabras flotando en el aire. Magulladuras del alma, querencias de tierras lontanas y duelos languidecidos por el paso de tiempo y a saber, cuánta, cuánta vida más se escondía en su mirada.

Se estaría preguntando acaso, ¿qué tan lejos habría llegado si tan solo sus sueños se hubiesen cumplido? ¿Qué tan lejos la habrían llevado y qué sería de ella ahora, si tan solo ese gran amor hubiese sido verdad?
¿Dónde estaría hoy si sus sueños se hubiesen cumplido?
Mas, la decepción en su mirada parecía decir: «qué más da todo aquello que con tanta ansiedad busqué, si desde el mismo principio el destino ya estaba escrito?

Mientras sus ojos seguían navegando sumidos entre viejos naufragios, supo la respuesta. No, no se podía torcer la mano al destino. Ya lo dijo en su día, un grande de la historia cruzando el Rubicón: «alea iacta est«.