Asomado a la ventana entorbada la mirada sobre el paisaje de tejados de viejas casas, de gentes que ni conoce, que ni siquiera sabe si todavía viven, o murieron hace ya tiempo.
Puede que solo sea su percepción del ocioso pasar de las horas, que le parecen iguales los martes, jueves o domingos, casi iguales al ayer como al antes de ayer.
Sentía que esa atonía que le aquejaba le venía de fuera hacia adentro, como si sus días se hubiesen vaciado de sentido, y el paso de la vida se hubiera hecho demasiado lento para entusiasmarle.
¿Sería una depresión lo suyo, o una parálisis emocional lisa y llanamente? ¿Y si sus ojos fueran ciegos ante lo que miran? Entonces surge la pregunta: ¿Qué hay del asombro? ¿Cómo cambiar la mirada?
Le preocupaba su desidia, y el languidecer de sus tardes.
Solo sabía que de si mismo dependía salir de ello. Nadie vendría a rescatarle, nadie sabía que se hundía, nadie sabía de su llanto, nadie sabía de su frustración.
¿Pues qué hacer entonces? ¿Cómo recuperar la ilusión del mañana? Recuperar la fe en el mañana, que cada día trae un nuevo sol para todos.
Asomada a la ventana entornaba la mirada paseando la vista por herrumbrosos tejados entre viejas casas; de precarias construcciones de gentes que ni conocía, que ni siquiera sabía, si todavía vivían en ellas, o habían muerto ya
Sentía que esa atonía que la aquejaba, le sobrevenía de fuera hacia adentro, como si sus días se hubiesen vaciado de contenido.
Desde hacía algunos días la inquietaba el sinsentido, se preguntaba si así sería hasta el final. Y su intensa e increíble historia de vida hasta ahí llegaría sin más.
Tal vez solo fuera, su ociosa percepción del tiempo. Hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, igual que ayer y antes de ayer.
¿Se hallaría vaciada de ilusiones su vida? ¿O era efecto pasajero de su claustro fóbico encierro?
Pasaron semanas, meses sin ventilar ni respirar sus sueños. A lo mejor ella había ya muerto, y ni siquiera se había enterado.
Aunque conciencia tenía de estar matando las horas, perdiendo un tiempo precioso en esa agonía de sus tardes.
Solo sabe que de ella depende, superar ese abismo. Nadie puede rescatarla, ni siquiera ese amor que la rodea.
¿Pues qué hacer entonces? ¿Cómo devolver la ilusión del mañana? La chispa de una primera vez. O, llevar la mirada hacia donde nunca antes nadie miró.
Y qué tal, si la respuesta se hallará en ese pensamiento: «No pretendamos que las cosas cambien sin antes cambiar tu mismo»
Da pereza cambiar. ¿qué cambiar a estas alturas? Hasta para éso necesitas unas gotitas de ilusión.
¿Adónde va nuestra luz cuando la vida nos deja? ¿adónde ese vislumbre antes de partir? ¿adonde ese último destello del alma? ¿Adónde los que vivieron antes que nosotros? ¿Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?
Solo unos pocos conocen el camino de vuelta.
Adonde va a parar todo lo vivido, pensado y sido.
Solo unos pocos saben de ese universo latente, donde finalmente emigra todo lo vivido, pensado y sido.
Ante ese postrero paso hacia ese dónde algunos saben, por pequeños o grandes que hayamos sido, esperándonos esta ese lugar ajardinado, luminoso.
Antesala, de nuestros nunca olvidados, seres queridos.