Entre escaparates (133)

Me hallaba dando vueltas por un centro comercial
tras empacharme de
una jugosa hamburguesa
y un monte de patatas fritas.

Iba distrayendo la vista entre luminosos escaparates,
que invitaban a entrar, tocar y palpar
todo aquello que llamara mi atención.

  Y darme el tiempo de entrar en los probadores,
pues tal vez esos new looks
levantarían mi escuálida autoestima

Esta rutina, en apariencia frívola para muchos,
debo decir a favor de quienes disfrutamos de esta mareante ilusión,
que los centros comerciales fueron creados para animar
a las almas que como yo,
necesitan sumergirse en el bullicio para ahuyentar su soledad.

Es fácil despercudirnos de nuestro claustro
en medio del tumulto,
nuestra presencia pasa completamente inadvertida. 
Nadie ve a nadie en medio del montón. 

Aunque más tarde de vuelta a casa,
sin tener con quien comentar, ni a quien enseñar tus compras,
también tiene su punto de bajón importante.

Es ahí donde realmente quería llegar,
da igual cuantas horas hayas esquivado
encontrarte a solas contigo misma,
porque el remezón emocional que te espera
detrás de la puerta de tu casa
no lo podrás evitar.

Qué consuelo,
la cama te espera,
suerte que el cansancio de tus pies
te adormecerá el alma
y sumergirá tu tristeza en un sueño.

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