Eterno te quiero (130)
Temblando la soledad te despierta,
sin la tibieza de su cuerpo,
frías y desnudas de su amor
dejó tus noches.
Cuánto desearías que algo suyo
interrumpiera tus tardes de suspiros
y el velo de su beso rozara tu boca.
Aunque abatidas esten tus alas
alto se elevan en vuelo
pensando en él.
La vida siempre regresa
donde la poesía dejaste,
resoplando roncos rugidos el alma
el verso indócil
entre cenizas,
remiso a revivir.
Un eco lejano de su voz,
un sutil silbido en el aire
te susurra al oído:
¡amor mío!, estoy aquí,
nunca me he ido.
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