Pasos perdidos
Tenía la belleza interior
de quién ha visto a Dios en esta vida.
Así como su estampa de domadora,
todo en ella espigaba hacia las alturas.
Sus ojos siempre miraron más allá
de lo que a simple vista se veía,
insondable era su mirada,
apreciaba más de lo visible para los demás.
Siempre desdeñó lo fácil,
aquello al alcance de su mano.
Criatura de retos, de grandes desafíos,
de cielos sin techo.
Tenía el presentimiento de que no alcanzaría
a despedirse de la luna,
ni al sol de la mañana,
decirle adiós.
Mientras iba repasando
los pasos perdidos de su vida,
algo le decía que se estaba agostando el camino,
y sentía a sus días volar.
Comenzó dando nuevos brios a su andar,
más despierta de lo que iba dejando atrás.
Con sus palabras para recordar
se iría lentamente despidiendo
de la vida que le había tocado andar.
Solo esos pocos que la seguían
se percatarían de su adiós encriptado,
en su retahíla de versos que mes a mes,
semana a semana y día tras día,
hablaban de su extinción.
De tal manera que a su muerte,
ya nadie la echaría en falta.
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