Los heraldos negros
En esa era tornasol de su vida
rezumando poesía hasta por los poros
mientras la torridez abrasaba
casi todas las horas del día,
se le aparece ahora
cuando el sol aturde sus tardes de ocio.
Trae a su memoria
esa época obcecada por destacar,
cogiendo distancia del montón,
de tantos ideales capturados
en sus cerrados cuadernos.
Mas, su caligrafía no desmayaba,
escribía y escribía
sin caer en el desanimo,
haciendo caso omiso
al tedio oprimiendo su pecho
ante la indiferencia del universo.
Espantando los espantapájaros
que emborronaban su desvaída poesía
cogió un pincel y puso color
a sus emociones.
Hallábase un día,
distraída,
asomándose al arte
robándole espacio a esos pocos,
en que lo suyo es de verdad,
justo antes de escorar su alma a la deriva
del desaliento.
Visitando hoy esa zona
felizmente reservada
para esos pocos amantes del pincel,
emerge la poesía de la acuarela.
Y todo comienza
con aquella zigzagueante mariposa
que se posó en su hombro aquella tarde,
despertando la prosa de su larga siesta,
alejando a los heraldos negros
de sus aturdidas tardes de ocio.
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