Una buena muerte

De todas las maneras de morir,
la que mejor me parece fue la de la Yaya.

Es mi pequeño homenaje para ella,
mi suegra catalana que hoy esta de aniversario.

Su nombre de lo más catalán, Trinidad Moner Reixach.
Y su primer comentario a su hijo al conocerme fue:
llastima que no segui catalana.

Cuando yo entré en su vida ella ya era mayor.
Se había hecho una mujer silenciosa
y solo tenía ojos para su hijo, Josep Maria.

A través de él, supe de su lucha como leona por su familia.
De sus tiempos de pesadilla para proteger
y defender a su hijo y marido
de las atrocidades de la guerra civil.

Solía cada tarde sentarse en un
apartado rincón de la casa,
con su rosario entre sus manos,
teniendo por única compañía echada a sus pies,
a Luna, una preciosa perra setter inglés
que en sagrada quietud acompañaba sus rezos.

Se me ocurrió un día preguntarle:
Yaya, ¿por qué reza usted cada día?
Y su respuesta jamás olvidé:
para que Dios me de una buena muerte.

En un día como hoy, hace 29 años,
hizo su último viaje nuestra Yaya.
Como cada noche se retiró a descansar
a sus aposentos
y a ver las noticias en la televisión antes de dormirse.

A la mañana siguiente,
viendo que no salía y ya era tarde, entró su hijo Josep
y creyéndola dormida, la tocó para despertarla
y sus frías manos le dijeron que estaba muerta.

Se había ido durante su sueño
yacía dormida para siempre con su rosario entre sus dedos.

Curiosamente, su marcha fue justo unas semanas
después de soñarse feliz meciendo la cuna de su nieto.
La nieta que soñó y no llegó a conocer.

Qué misteriosa manera tiene la vida
de enseñarnos cosas tan simples como la fe
y la fuerza de la oración.

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